Algo estamos haciendo mal

26 Ene

VÍA diariosur.es
El pasado 14 de octubre nuestro café se enfrió ante la noticia del suicidio de un niño de once años. La carta de Diego publicada en los medios el 20 de enero nos heló la sangre. Se estima que entre un 5% y un 20% de los niños son víctimas del ‘bullying’, pero se desestima el acoso escolar en el caso de Diego por falta de «pruebas de ‘bullying’ psicológico o físico». Cabe matizar que el ‘bullying’ puede ser físico o verbal, pero también puede ser ejercido a través de la exclusión, igualmente dolorosa pero con mayor dificultad para atribuir culpas. Los padres esperan que la jueza no archive la causa mientras no se investigue hasta el final. La mayoría de los niños sale del cole jugando y sonriendo. Diego no, él salía corriendo. Con pruebas o sin pruebas, Diego no se sentía bien en el colegio, y además lo dejó claro.

Según la OMS no se pueden prevenir todos los suicidios, pero sí la mayoría. Sí cuando el suicida lo que quiere es dejar de sufrir y es la sociedad la que causa su sufrimiento. La sociedad puede cambiar. La sociedad somos todos. En el caso de Diego sabemos que «no aguantaba ir al colegio». Su carta muestra a un niño encantador, agradecido, cariñoso y con una extraordinaria sensibilidad. Duele mucho pensar que debió sufrir lo indecible para llegar a ese extremo. Su carta de despedida era a la vez una carta de amor que me hizo recordar las palabras de Kurt Cobain: «Simplemente amo demasiado a la gente. Tanto, que eso me hace sentir jodidamente triste.» En su caso, el afecto que tanto apreciaba en su hogar no debió facilitar su decisión; entre líneas todos leímos sus ganas de quedarse con su familia, pero el malestar que soportaba en el colegio tuvo más peso, y se conformó con la esperanza de reencontrarse algún día con sus seres queridos en el cielo.

El cielo como consuelo ante la idea de la muerte tiene cada vez menos adeptos. En su lugar proliferan las películas con puertas espacio-temporales como una alternativa actual para soñar con la eternidad. El tiempo, sin embargo, no tiene marcha atrás, y eso nos martiriza ante una tragedia de este calibre. En mi entorno han tenido lugar tres suicidios y varios intentos frustrados. La duda de si podría haber hecho algo para evitarlo me corroyó por dentro en todos los casos. Me imagino cómo estarán siendo los últimos meses de todos los que conocieron a Diego, sin espacio en su mente para otra cosa que no sea formularse una y otra vez esa devastadora pregunta.

La tasa de suicidio en niños entre 10 y 14 años en España ronda el 0,4 por cada 100.000. El número puede parecer pequeño, sin embargo representa la cuarta causa de muerte en estas edades. No mueren muchos niños. Ninguno debería morir. La situación empeora en la adolescencia. Un 8% de los adolescentes intentan suicidarse cada año en EEUU, donde el 11% de las muertes entre los 15 y los 19 años son por suicidio, y por cada suicidio hay unos 25 intentos. El modus vivendi americano marca la tendencia global a través de Hollywood. La OMS alerta del aumento de las tasas de suicidio en los jóvenes a nivel mundial.

Algo estaremos haciendo mal.

Todos.

Cuando fui a dejar a mis hijos al colegio hoy, escuché a muchos padres verbalizando el mismo pensamiento: «Bueno, yo veo al mío muy feliz, no debo preocuparme por eso». Nos hemos convertido en una sociedad terriblemente individualista. El proverbio africano que defiende que para educar a un niño hace falta una tribu entera es tan cierto en el continente vecino como en Málaga o en Madrid.

¿Qué pasaría si todos nos responsabilizásemos por los suicidios -los evitables- de aquellos que nos rodean?. ¿Qué pasaría si dejásemos de mirar para otro lado?. ¿Qué pasaría si exigiéramos que en los centros educativos la integración y el bienestar emocional fueran prioritarios?. ¿Qué pasaría si todos asumiéramos nuestro insoslayable deber moral de velar por la felicidad de los niños de nuestro entorno?. Es su derecho. ¿Acaso no es nuestro deber? Primero tendríamos que dejar de mirar el móvil y comenzar a mirar a los niños. Y hablar con ellos. Para eso tendríamos que ir a buscar a nuestros hijos al colegio. Pero antes tendríamos que cambiar la sociedad para no tener que salir tan tarde del trabajo. Por más que lo pienso la situación en la que estamos no tiene sentido. Hemos creado máquinas que hacen el trabajo por nosotros, pero cada vez trabajamos más. La mayoría no producimos nada, solo movemos datos. Según Schmidt cada 48 horas generamos la misma información que desde la prehistoria hasta 2003. El programa anti-bullying del Dr. Olweus ha demostrado ser efectivo. ¿Porqué no lo usamos? ¿Qué prisa tenemos en producir más conocimiento del que somos capaces de aprovechar?.

Tal vez desacelerando un poco se retrasarían algunas muertes innecesarias. Tal vez estando más presentes podríamos evitar tener que repetirnos de nuevo la misma pregunta en el futuro.

 

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